Esquel es místico. ¿Es místico? ¿O es que
justamente yo me topé con gente ansiosa de encontrar conexiones donde no
existen? Si seguí en una postura escéptica, lo mejor que pude hacer fue irme al
Bolsón. Clara y su marido me llevaron en una travesía donde se compactó lo
mejor de El Bolsón y Lago Puelo. Antes de eso, a la mañana, vagué por Esquel
hasta llegar a la estación de la Trochita, que ya había salía y donde no
quedaba ni el museo abierto. Igualmente, la caminata me hizo bien, el paisaje
me humilló un poco, y la cuesta arriba me ayudó a ejercitar.
La ruta a El Bolsón es de estepa, que está
siendo forestada por Benetton en su millón de hectáreas, que comprenden ríos,
montañas y quién sabe cuántas otras cosas. Me aseguraron, en ese tono
misterioso que adoptan los lugareños cuando el momento de la revelación se
acerca y creen que el turista no está ni física ni mentalmente preparado para
tolerarlo, que la energía en El Bolsón es completamente diferente. Que la
atmósfera está menos densa, y que Esquel es frío, arisco y encerrado. Estacionamos en la feria. Un sábado de feria
en la capital nacional del hippiesmo. Es
un lugar ideal para ver a los hippies en su hábitat natural, pululando
libremente, haciendo sus artesanías mientras sus pies presentan una acumulación
de roña milenaria; tan milenaria como las leyendas que surgen de sus costumbres
y alergia al trabajo rentable. Diversas leyendas rodean la mística de El
Bolsón, pero la verdad es que son gente con plata y con pocas ganas de dejar
que el sistema les gane. Muchas contradictorias explicaciones sobre el origen
del nombre me fueron brindadas, y la que más me cerró fue la de clara. Los
Bolsonenses, o como sea que fuera el gentilicio, son hobbits. Si no, piénselo:
Baggins + pies sucios = El Bolsón.
Los elementos que abundan son los sahumerios,
las semillas empleadas de manera ornamental, las esencias, las buenas energías
y el repugnante fieltro. Gastronómicamente, El Bolsón ofrece grandes manjares,
como el helado de Jauja, con gustos intrépidos e intrigantes (Profundo y
Contradictorio, Crema Desoriente) y la cerveza artesanal ahumada, con miel, con
frutos rojos y ají. Así que hambre no pasé. Pero otras necesidades de búsqueda-
estas montañas, esta naturaleza tan imponente y envigorizante me lo demanda- se
me entrometieron al paso y visité a una vidente. No voy a contar de qué hablé o
si le creí alguna de todas las cosas que me dijo. De lo único que estoy segura
es que al menos el lugar me cambió- minúsculamente- porque yo me resisto a
creer en esas cosas, y la energía me es indiferente. Ya no creo en las
casualidades ni en los signos que deja la vida por ahí para que uno ande
decodificando. Me parece un trabajo inútil. Pero esta mujer quiso destrabar
algo en mí. Le deseo muy buena suerte.

Paisajes imponentes con una atmósfera libre de
pesadez, sí, vi mucho de eso en El Bolsón, y pensaba que era lo más hermoso y
revitalizante que había sentido en un largo tiempo- hasta que llegamos a Lago
Puelo. Es un pueblo en Río Negro – en la
famosa comarca [The Shire!] (yo no la conocía pero parece que es célebre) del
Paralelo 42 (que podría ser el nombre de un boliche tranquilamente)- que consta
de chacras, un lago, varios ríos, unas altas cumbres para trepar y muchos
locales de bombones, artesanías y sahumerios. Me llevaron a una playita en el
Lago Puelo, pero Omar – el esposo de Clara- me presentó un reto mayor. “¿Querés
hacer una caminata? Empinada hasta aquella roca”. Miré hasta donde se erguía
dicha roca y dije que sí. Arriba. Después de 45 minutos de respiración agitada,
polvo hasta las rodillas, bichos, ramas, arrayanes, pedregullos, respiración
cada vez más irregular, palabras fragmentadas, resbalones, sol en poniente,
calor, maldecir mi sí fácil, respiración casi imposible, agitación, latidos por
todo el cuerpo… la vista!
Pinos, cipreses, pehuenes, bah, un sinfín de
rejunte forestal, montañas como jorobas en la columna vertebral de un país que
se las ve negras con la espalda del vecino, cumbres con nieve, el lago como un
espejo, el sol alargado sobre el agua y la inmensidad inefable de los dobleces
de la tierra. Valió la pena el esfuerzo.
La bajada fue considerablemente más simple que
la subida, principalmente gracias a la fuerza de gravedad, que tanto bien hace
por nosotros. La jornada terminó en la pizzería- camping de la cervecería
artesanal, donde la pizza nos dio la mejor recompensa a nuestros esfuerzos.
Faltan miles de momentos que no narro por miedo a aburrir, pero hizo ignición
este paisaje en mí y sé que voy a volver- tantas veces juré volver a lugar más
que improbables y lo logré. Algo se destrabó; que sea el inicio a grandes
amistades, travesías y revelaciones.